Archive for Cuentos de reyes y sabios

El rey que quería escoger al más sabio de sus súbditos para primer ministro

Cuando el escrutinio llegó a los tres últimos, les puso la última prueba. Los colocó en una habitación de palacio en cuya puerta había instalado un cierre complicado. El primero que consiguiese abrir la puerta, sería el elegido.

Uno dibujó cantidad de esquemas de las más ingeniosas cerraduras para ir probando una tras otra. Otro se dedicó a fórmulas matemáticas para averiguar la combinación del candado. El tercero esperó un rato sentado en una silla mientras los otros dos trabajan, luego se levantó, se dirigió a la puerta, le dio a la manilla, y la puerta se abrió. No había estado nunca cerrada.

¿Cuál es la moraleja del cuento?

Nos creemos que vivimos en una cárcel y nos dedicamos a redecorar las paredes constantemente. Pero no es una cárcel. No está cerrada. No necesitamos salir de la celda y luchar por cambiarnos a nosotros mismos y conseguir a la desesperada la libertad, sencillamente porque ya somos libres.”

Charlotte Joko Beck, en “Everyday Zen”

Imagen: Rafael Alemañ

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Las tres preguntas más importantes

Había un rey que pasaba sus días reflexionando sobre tres preguntas de suma importancia. En este mundo: ¿qué persona es la más importante? ¿qué cosa es la más importante? y ¿cuál es el momento crucial para actuar?

Ninguno de sus consejeros era capaz de respondérselas. Hasta que un día en uno de sus paseos de incógnito llegó a un lugar alejado y buscó albergue en la casa de un venerable anciano para pasar la noche.

Un ruido lo despertó de madrugada, y vio que un hombre cubierto de sangre irrumpía en la casa del anciano. El hombre dijo:

-Me vienen siguiendo

El anciano respondió: será mejor que entres y te escondas

Al rato llegaron los soldados perseguidores que preguntaron al anciano: ¿Has visto a un hombre que pasaba corriendo? A lo que el anciano contestó que no sabía y los soldados siguieron el camino

Poco después el hombre perseguido dijo unas palabras de agradecimiento y se marchó.

A la mañana siguiente, el rey le preguntó: ¿Es que no temes que caiga sobre ti alguna desgracia? ¿Cómo te atreviste a dejar entrar a aquel hombre del que nada sabías?

El anciano respondió sin inmutarse:

-Es que no hay en el mundo persona más importante que la que en este preciso instante necesita ayuda; no hay cosa más importante que prestar esa ayuda de inmediato; no hay momento más importante que este momento.

Las tres preguntas del rey quedaron contestadas.

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Los palillos

 

Cierto día, un sabio visitó el infierno. Allí, vio a mucha gente sentada en torno a una mesa ricamente servida. Estaba llena de alimentos, a cual más apetitoso y exquisito. Sin embargo, todos los comensales tenían cara de hambrientos y el gesto demacrado: Tenían que comer con palillos; pero no podían, porque eran unos palillos tan largos como un remo. Por eso, por más que estiraban su brazo, nunca conseguían llevarse nada a la boca.

Impresionado, el sabio salió del infierno y subió al cielo. Con gran asombro, vio que también allí había una mesa llena de comensales y con iguales manjares. En este caso, sin embargo, nadie tenía la cara desencajada; todos los presentes lucían un semblante alegre; respiraban salud y bienestar por los cuatro costados. Y es que, allí, en el cielo, cada cual se preocupaba de alimentar con los largos palillos al que tenía enfrente.

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Una tonelada de arroz

Una mujer que deseaba vivamente encontrar la paz en medio de sus quehaceres domésticos de esposa y madre, acudió al sabio Yang Zhu y le rogó le instruyera lo más rápidamente posible para alcanzar la iluminación enseguida y poder volver a su hogar con el ánimo ecuánime, ya que tenía plena fe en que, una vez liberada su mente de la ilusión que es la vida, podría dedicarse plenamente a sus deberes sin que éstos turbaran en manera alguna su espíritu. Sabía que esto era así, y estaba dispuesta a hacer todo lo que se le dijera para llegar a la liberación interior en el breve tiempo de que disponía.

El sabio respondió:

– Genuino es tu deseo, y ésa es la primera gran condición para alcanzar el fruto del espíritu. Pero también hace falta cierta instrucción y ciertas prácticas que puedo ir enseñándote poco a poco en ratos breves, según tengas tiempo para venir a verme. Junto con el gran deseo, la gran paciencia es también requisito indispensable para la iluminación. Me has dicho que tienes un hijo. En toda su vida tu hijo llegará a comerse una tonelada de arroz. Pero ¿qué pasaría si le haces comerse todo ese arroz de una vez? No le haría bien sino daño. Aprende a tener gran deseo y ninguna prisa. Vuelve cuando así lo desees.

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El efecto 99

Esta era una vez un rey que estaba en busca de la felicidad ya que aun cuando tenía todos los placeres a su alcance debido a su inmensa riqueza, siempre se sentía vacio y nunca estaba satisfecho con lo que poseía. Tal era su infelicidad que admiraba a uno de sus sirvientes más pobres, que sin importar su condición económica, irradiaba dicha y gozo sincero por la vida.Motivado por lo anterior, fue con el sabio del reino a solicitar su consejo y le pregunto: ¿Cómo es posible que uno de mis sirvientes, aun siendo pobre sea más feliz que yo, el gran rey?
El sabio hizo una pausa y le contesto: Para poder explicarte la razón de tu infelicidad y de casi todos los hombres, necesito que comprendas EL EFECTO 99.
¿Y qué significa eso? pregunto el rey. Para que lo puedas comprender necesito que consigas un costal con 99 monedas de oro. Ya que lo hayas conseguido ven y podré explicarte.El Rey ni tardo ni perezoso fue de inmediato a conseguir lo que el sabio le había pedido y regreso con el. El sabio le dijo que lo que seguía para poder comprender EL EFECTO 99 era que siguieran a escondidas al sirviente hasta su casa, cosa que hicieron esa misma noche.
Cuando el sirviente entro a su casa, el sabio puso el costal con las 99 monedas en la entrada de su casa, toco a la puerta y corrió a ocultarse junto con el rey.
Cuando el sirviente salió, vio el costal, lo recogió y se metió de nuevo a su hogar.El sabio y el rey prosiguieron a espiarlo desde la ventana.
Cuando abrió el costal, el sirviente quedo asombrado con su contenido, estaba encantado y sin perder tiempo comenzó a contar todas las monedas. Cuando terminó el conteo, se rascó intrigado la cabeza y comenzó de nuevo el conteo ya que el suponía que le hacía falta una moneda para completar las 100.
Al terminar el segundo recuento el sirviente se desespero y comenzó a buscar debajo de la mesa sin rastro alguno de esa moneda perdida, por lo que comenzó a angustiarse.
Fue entonces cuando el sabio le dijo al Rey: Te das cuenta, eso es justamente a lo que me refería con el efecto 99. El sirviente, al igual que tu, han dejado de valorar la mayoría de sus bendiciones para enfocarse en los pequeños detalles que “creen” les hacen falta. En ello radica la infelicidad del ser humano.

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