Llegar a la cumbre del arte

EL TAÑEDOR DE LAÚD

Esto sucede en un tiempo lejano. En un pueblo, un joven apasionado por la música va a ver a un maestro que tiene fama de ser un excelente tañedor de laúd. Le pide que lo acepte como alumno. El maestro le ayuda a conseguir un instrumento y, al comprobar que su discípulo tiene mucho talento, le brinda todos sus conocimientos.

El muchacho aprende a leer la música y a descifrar con su laúd las partituras que el maestro le hace descubrir.

El joven alcanza una habilidad tal que el maestro, impresionado, le aconseja ir a la ciudad vecina, donde reside aquel que lo inició a él en el aprendizaje del instrumento. Animado por sus padres y por todo el pueblo, el chico, con el laúd colgado del cuello, se dirige a la ciudad para conocer al maestro de su maestro.

Éste comprende que se encuentra ante un alumno excepcional y él le confía todo su saber. Le enseña a tocar el laúd sin mirar el mástil del laúd, a dejar que sea su mente la que guíe sus dedos, a improvisar y a desarrollar la sonoridad del instrumento pulsando las cuerdas en distintos puntos de la tabla armónica.

Un día, el maestro propone a su discípulo tocar a dúo. Ambos parten de un mismo tema, pero muy pronto, el joven músico embriagado por su virtualidad y por el poder de su sonoridad, doble el tempo para provocar a su mentor. Este último responde al desafío sin dificultad, pero luego deja su laúd y dice:

-Has llegado a ser muy bueno. Tienes un gran talento. Ya no te puedo enseñar nada más. Sin embargo, al querer deslumbrarme sólo has conseguido entorpecer tu gesto, en lugar de cuidar la expresión de lo que estabas tocando. Mi papel ha terminado. En una pequeña aldea de la montaña vive, retirado del mundo, el más grande de todos los músicos, una verdadera leyenda viviente. Sólo él podrá llevarte más lejos.

El joven, emocionado por lo que acaba de escuchar y conmovido al no encontrar resto alguno de rencor en el alma de su maestro, se marcha con su laúd al encuentro del músico de la montaña.

Este último vive en una cabaña muy humilde a la orilla de un riachuelo. La puerta está entreabierta y el muchacho solo tiene que empujarla para encontrarse con un patriarca de edad muy avanzada que lo invita a sentarse con la mirada.

El chico deja su laúd apoyado en la pared y se sienta junto al anciano. Éste le ofrece té, luego escucha como el joven le cuenta sus hazañas.

Cuando el chico ha terminado su historia, el anciano echa un vistazo al laúd y pregunta:

-¿Qué es esto?

El chico, desconcertado, no sabe si el maestro se está burlando de él o si ha empezado a perder la cabeza. Al final le responde:

-Maestro, ¿es que no veis que es un laúd?

-Es verdad, replica el viejo músico volviendo a sonreír de nuevo. Había olvidado cómo eran.

El anciano le confía entonces que un tañedor de laúd que ha llegado a la cumbre de su arte ya no necesita un laúd para expresarse.

Cuando el joven músico regresa a su pueblo, la gente lo recibe como a un héroe. Sin embargo, nadie comprende por qué nunca se le ve con su laúd ni por qué, algunas veces, resuena en el aire una sinfonía de sonidos maravillosos e insólitos tocados por un laúd inexistente.

Relatado por Georges Moustaki, en “Siete cuentos fronterizos”

El Dios interior es como un músico, nosotros somos el instrumento

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